El eterno resplandor del gin tonic

Un garito oscuro, un individuo sediento, una mujer dispuesta a enseñar más de lo que nadie espera y un trago iluminado. Nada puede salir mal cuando la ciencia se lleva al bar.

Es casi medianoche pero el calor no cede. Entro al bar aflojando el nudo de la corbata y el primer botón de la camisa. En el neón de la entrada, de estilo art déco, se sigue leyendo: 95,6%. Siempre me pareció un acierto que el viejo Will bautizara su garito con la graduación máxima de alcohol que podemos conseguir destilando a presión atmosférica. Si bien sé que detrás de la puerta me encontraré a los de siempre, que no habrá aire acondicionado y me esperan menos luces que tinieblas, la necesidad de refrescarme con un burbujeante gin tonic es imperiosa.

Al entrar, la oscuridad me ciega momentáneamente. Poco a poco se hace reconocible la figura de William tras la barra. Me recibe con la sonrisa de siempre, exhibiendo sus amplios colmillos. “¡Joan!”, me grita con un entusiasmo que parece denotar franca alegría. Mientras me siento en el taburete de siempre -el segundo de izquierda a derecha- agrega, “¿Bourbon?”. “Hoy no”, respondo mientras le entrego el sombrero, repitiendo una coreografía que hemos construido a lo largo de los años. “Hoy quiero un gin tonic, con mucho hielo”.

Tres taburetes más allá, una mujer que no había visto nunca, de elegante silueta y finos rasgos. Está sola, absorta en su copa.  Will trae mi trago. Tiene una lámina de pepino enrollada. “¿Qué demonios es esto?, ¡hay un trozo de pepino en mi gin tonic!”. “Es lo que está de moda, Joan. Es Hendrick’s, una ginebra escocesa destilada con pepino”. Me dispongo a rechazar el trago con evidente disgusto cuando la dama desconocida se suma a la conversación entre risas: “Estoy tomando lo mismo. Dele una oportunidad, se sorprenderá”. Con extrema seguridad se levanta, se acerca dejando apenas un taburete vacío entre ambos y alza la copa. “¡Salud!”.

EL ETERNO RESPLANDOR DEL GIN TONIC
“Estimado William, desde que te conozco han ido y venido decenas de modas: ¡te ruego no innovar en estos ritos milenarios! ¡Reemplaza tu pepino por la prescriptiva rodaja de limón! En cuanto a usted, señorita…”, “Rebeca”, interrumpe ella con una mirada cristalina que me paraliza los dedos. “Estimada señorita Rebeca”, le digo mientras intento recuperar el aliento, “le ruego me espere unos segundos antes del brindis. Mientras William arregla mi trago, déjeme hablarle sobre lo imperecedero, la magia del gin tonic que ninguna moda podrá eclipsar”.

Dirigiéndome a Will, cuya curiosidad por seguir cada línea del inesperado diálogo con Rebeca fue el mejor estímulo para darse prisa, le digo: “¿Préstame por favor tu lámpara de luz negra? Esa que usas para comprobar que nuestros billetes no son falsos”. Sorprendido y algo molesto por mis caprichosos pedidos, Will me acerca la lámpara. La enciendo y la acerco a la copa. Estoy seguro del efecto que conseguiré al ofrecer uno de los fenómenos más hermosos de la naturaleza a los ojos de Rebeca. El líquido se enciende, emitiendo un fulgor celeste de una belleza que se me antoja sólo comparable a los ojos de Rebeca, quien contempla la escena con una sonrisa en los labios. “No es necesario vestir más al gin tonic. No hay pepino que compita con su esplendor natural”.

La concurrencia del 95,6% se va acercando casi por completo a la barra. Parecen conmovidos, tanto como Will, ante el inusual espectáculo. Todos somos arrancados de nuestro ensimismamiento por la impasible voz de Rebeca: “2,7 electronvoltios”. Todas las miradas se fijan en ella y varios “¿qué?” se escuchan a la vez. “Es la energía aproximada de los fotones azulados que estamos observando”, dice ella. “La quinina es un compuesto que es parte del agua tónica. Es fluorescente. Esto significa que cuando lo iluminas con fotones de mayor energía, invisibles para nuestros ojos, algunos de ellos son absorbidos y transformados en fotones visibles, en este caso  de 2,7 electronvoltios”. Satisfecha frente a la coreografía de aquellos rostros varoniles de ojos bien abiertos por el asombro, Rebeca acaba su copa de un sorbo y se levanta: “Permiso, voy al baño”.


LA QUININA Y LOS AVATARES IMPERIALES

“Me parece que tu estrategia de seducción no ha dado resultado esta vez”, susurra William con una sonrisa burlona mientras seca una copa, “así que quinina…”. Sin hacerle caso, intento recuperar la compostura con un largo trago del fluorescente fluido. “Si me lo permite, creo que puedo decir algo al respecto”. Quien habla de este modo no es otro que Jacinto Paniagua, un hombre generalmente taciturno, que no solía involucrarse en estas tertulias. “Quizás sepan que nací en Perú. La quinina, amigos, es un compuesto que se obtiene de la corteza del quino, un frondoso árbol tan típico de mi país que está representado en nuestro escudo. Mis antepasados ya lo atesoraban por sus propiedades medicinales. En Europa se comenzó a utilizar en el siglo XVII como tratamiento efectivo contra la malaria. De hecho, se sigue utilizando hasta nuestros días”.

La madrugada adoptaba tintes surrealistas. Paniagua, un ser tan silencioso al que que yo diría que ni siquiera le conocíamos la voz, se acerca dando pequeños pasos, se sienta a mi izquierda y pide un gin tonic. Lo observo unos segundos, estupefacto, y giro la cabeza para reencontrar el anhelado rostro de Rebeca, quien ya había regresado. “¡Exactamente, Jacinto!”, digo sin mirarlo, intentando recuperar el protagonismo. “Más aun, en las zonas tropicales de la India, en donde la malaria era un mal endémico, los soldados británicos tuvieron la feliz idea de mezclar el tónico de quinina con ginebra, jugo de limón y soda, con el objeto de combatir su amargura”. Dándole a mi voz un tono más íntimo, agrego: “Ya lo ve, Rebeca, para que usted y yo estemos brindando hoy con este fulgurante brebaje fue necesaria la conquista de América y la expansión del Imperio Británico en Asia”.

Rebeca fija en mis ojos los suyos. “Lo veo”, responde, “es muy simbólico que la bebida que hoy nos convoca y refresca sea heredera del calor, la guerra y la enfermedad”. Levanta por segunda vez la copa y me dice “disculpe, aún no me ha dicho su nombre”. “Llámeme Joan”, y continúo, “¿de dónde provienen esos conocimientos con los que desde luego nos ha impresionado?”. “Soy química”, me contesta, “trabajo para la policía de investigaciones. Asuntos forenses”. William se acerca para entregarle su bebida a Jacinto. Escucha el diálogo e interrumpe, “¡Química! Nunca la entendí, aunque mi trabajo también sea el de mezclar distintos líquidos. ¿Puedo hacer otros cócteles que brillen bajo la luz negra?”. Rebeca asiente, nos mira y comienza una clase de ciencia memorable.

CÓCTELES CUÁNTICOS
“¡Claro!, existen muchas sustancias fluorescentes. ¿Qué tipo de aceite es el que tiene en esa botella, William?”. “Es de oliva, ingrediente secreto de mi bloody Mary”. Rebeca toma el aceite y lo ilumina con la luz negra. Luego mira a Will de reojo, diciéndole con firmeza: “Me temo que no es cierto, no es de oliva”. No fue necesario más para que Stuart Davis acotara con la iracundia de sus encendidos cabellos rojos: “¿Es que me has dado aceite de motor por aceite de oliva desde hace años, Will?”. Ella prosigue, sin reparar en el sonrojo del barman, que se dispone a traer otra botella, celosamente escondida en un anaquel invisible, “el aceite de oliva tiene un alto contenido de clorofila, que le da su verdor característico. Al iluminarse con luz negra se vuelve fluorescente con un profundo color rojo”. Mientras habla, William le entrega una botella de aceite de oliva que, en efecto, se enciende cual si contuviera sangre al acercarle la lámpara.

“Es un fenómeno cuántico”, continúa Rebeca. “La física nos dice que la energía de los electrones en los átomos no puede tomar cualquier valor, sólo ciertos valores discretos, numerables, a los que llamamos niveles de energía”. “¡Oiga, señorita!”, interrumpe Jacinto, “eso suena parecido a decir que en un edificio podemos estar en el piso 3 o en el 4, pero no en el 3 y un cuarto”. “¡Excelente analogía!”, responde Rebeca, “las moléculas son estructuras más complejas, compuestas de átomos, que pueden además guardar energía en forma de vibraciones o rotaciones de éstos. Esta energía es normalmente mucho más pequeña que la diferencia entre niveles: para seguir con su analogía, es como si en cada piso del edificio tuviéramos tarimas de varias alturas. Representen en sus cabezas, ahora, a la energía de una molécula de quinina como una pelota en ese edificio”. No pude evitar contemplar divertido a mis compañeros de taberna hacer el ejercicio mental propuesto, con los ojos entrecerrados.

“Cuando la quinina no es iluminada, la pelota está en la planta baja, en su posición de menor energía. La luz negra es ultravioleta, está compuesta de fotones de poco más de 3,5 electronvoltios y nuestros ojos no ven más allá de los 3,26 del violeta. Esos 3,5 electronvoltios elevan la energía del sistema, por así decirlo, más allá del primer piso, que en el caso de la quinina está a 2,7 de altura. Como si la pelota que están imaginando se acomodara en una tarima que está a 0,8 electronvoltios de altura en el primer piso. Buscando recuperar su energía mínima, la pelota va perdiendo esa altura adicional hasta alcanzar el suelo. En el caso de la molécula, ésta es energía que se convierte en vibración y rotación de los átomos que la componen”.

Rebeca nos está depositando en un estado de ensoñación del que no queremos despertar. Su fascinante explicación continúa. “Al llegar al suelo del primer piso, sólo quedan por saltar los 2,7 electronvoltios que lo separan de la planta baja. Ese glorioso salto final conlleva la emisión de un fotón que tiene exactamente esa energía. Ésa es la luz azulada de la fluorescencia de la quinina”.

A esa altura, todos hemos cerrado nuestros ojos para enfocar nuestra imaginación. Tras un prolongado silencio, los abro y Rebeca ya no está. Un papel en blanco es lo único que queda debajo de su copa. Tengo una intuición definitiva. Enciendo la luz negra. ¡Allí está! Su número de teléfono escrito con gin tonic.

Fuente: quepasa.cl

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